RESISTENCIA Y ACEPTACIÓN

“Vivir con plena atención. De la aceptación a la presencia” (2012) Vicente Simón.

                    …reconocer que nosotros también cambiamos como el tiempo, subimos y bajamos como las mareas, crecemos y menguamos como la luna. Lo hacemos así y no hay razón para resistirnos a ello. Si nos resistimos, la realidad y la energía de la vida se convierten en una desgracia, en un infierno.

                                                                                          Pema Chödrön

LA RESISTENCIA Y DOS TIPOS DE SUFRIMIENTO 

            Nuestra extraordinaria capacidad imaginativa crea con facilidad escenarios virtuales, sólo existentes en nuestra fantasía. Por eso, no nos resulta difícil imaginar mundos alternativos y mejores al que vivimos. De ahí nace la discrepancia entre lo que es (las cosas como son) y lo que debería ser (las cosas, como nos gustaría que fuesen). De esa discrepancia nace el deseo y éste, proyectándose hacia el futuro pone en marcha todo un círculo del siempre más.

¿Cómo reaccionamos ante un estímulo que nos aporta información nueva sobre la realidad?

            Si la realidad que el estímulo nos revela es contraria a nuestras expectativas, surge en nosotros un sentimiento de contrariedad y una reacción de oposición. Es el resultado emocional de constatar que la realidad difiere de nuestros deseos. A esa reacción inmediata de disgusto, que presupone la existencia de un juicio previo de valor, muchas veces inconsciente, se puede llamar, resistencia. Si podemos despejar con facilidad el obstáculo, la resistencia puede pasar desapercibida, es el caso de los pequeños contratiempos. Pero si el estorbo amenaza con bloquearnos la consecución de metas vitales importantes, la resistencia crece rápidamente dentro de nosotros. Podemos sentirla incluso físicamente, como una tormenta emocional que se forma y expande por todo el organismo.

            La resistencia puede tratar de expresarse hacia fuera, mediante un gesto dirigido a eliminar el obstáculo, pero también puede acabar siendo reprimida, negada o racionalizada, quedando así almacenada en forma de energía inconsciente que aguarda, agazapada, esperando el momento de manifestarse en el futuro.

            La resistencia nos hace sufrir, es una consecuencia del apego del ego por una determinada configuración de la realidad y cuando se hace obvio que la realidad no acata sus planes, el ego, contrariado en su querencia, se siente dolido. Este sufrimiento adicional, es en el fondo evitable. El primer sufrimiento es inevitable, la vida nos lo impone de forma inexorable: la enfermedad, el accidente, la muerte de un ser querido, la pérdida de algo importante. Si nos revelamos frente a lo inevitable, estamos generando en nosotros un sufrimiento prescindible.

            Es importante reconocer la íntima relación que existe entre la resistencia y el apego. Si nos resistimos algo, es porque amenaza con privarnos de una cosa por la que sentimos afecto y a la que nos aferramos. La resistencia significa una obcecada reafirmación en el apego. Es como si, además del apego inicial, tuviéramos una segunda catadura de seguridad que tratará de impedir nuestro desprendimiento del objeto, incluso en el caso de que ya lo hayamos perdido. Algo así como decir, “aunque me lo quiten, no pienso desprenderme de ello”. Si dejamos que las cosas fluyan, que sigan su curso sin querer retenerlas, sin oponernos a ellas, evitamos la aparición del segundo sufrimiento. La resistencia no sólo se dirige hacia el presente, sino que también se escenifica en el pasado, incluso en el futuro imaginario.

            La resistencia puede manifestarse también hacia el porvenir desconocido, hacia el futuro hipotético. Así, resulta que frecuentemente ofrecemos resistencia hacia una pérdida de manera anticipada. Lamentamos una desgracia que no ha tenido lugar y que, a lo mejor, nunca se produce. Es un segundo sufrimiento motivado por el miedo anticipador, aunque la pérdida sea imaginaria, el sufrimiento es real y tiene repercusiones nocivas para el cuerpo físico y el estado psíquico.

            Para evitar el segundo sufrimiento lo más importante es lograr ser conscientes de la resistencia. Habitualmente la resistencia surge de manera automática. Nos empezamos a dar cuenta de lo que pasa cuando nos vemos planificando las conductas que tienden a eliminar el obstáculo que originó la resistencia. El hacerla consciente requiere dirigir la atención hacia procesos mentales que habitualmente no sobrepasan el umbral de la conciencia.

            Sentir un deseo de cambiar la realidad, acompañado de un cierto malestar, es señal inequívoca de que se ha producido una resistencia. Hay que ir hacia atrás con la conciencia y detectarla, a ser posible, en el momento mismo en que se origina. La mejor estrategia es empezar a fijarnos en el estímulo que desencadenó toda la emoción y advertir cómo ese estímulo, al ser elaborado en nuestra mente, origina el rechazo y el malestar de la resistencia. Una vez localizado el sentimiento que se opone a la realidad, hemos de hacerlo plenamente consciente. Cuanto más conscientes seamos de la resistencia y de su sinsentido, menos sufrimiento experimentaremos. El primer sufrimiento no lo podremos evitar, pero si el segundo, ya que éste es fruto de la resistencia y a ésta la podemos atenuarla hasta su práctica desaparición.

            Se podría decir que el antídoto del segundo sufrimiento es tomar conciencia plena de la resistencia y renunciar a ella. El nombre de esta actitud de no resistencia es el de “aceptación”. Aceptamos la realidad, lo que es, sin oponerle enseguida nuestro plan alternativo de lo que debería ser (el plan del ego). La aceptación, también se puede aplicar al pasado y al futuro. Si aceptamos sin condiciones el pasado, nos libramos del resentimiento, del rencor y del odio. Y al aceptar el futuro, sin temores ni expectativas, podremos permitirnos la valentía. La aceptación incondicional, implica una total alineación con la realidad. El papel de la aceptación es central, no sólo para evitar el segundo sufrimiento, sino también para acceder al estado de presencia.

            Así como el antídoto del segundo sufrimiento es la aceptación, que se logra mediante la conciencia plena de la resistencia, el antídoto del dolor y del primer sufrimiento, es decir, del componente inevitable de la realidad, es la autocompasión. En la autocompasión, al sentir en carne propia dolor y sufrimiento, dirigimos nuestro afecto y nuestro amor hacia nosotros mismos, precisamente por eso, porque estamos sufriendo. La compasión entraña el deseo de que quien sufre, sea uno mismo u otro, quede libre de sufrimiento.

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