MODOS MENTALES SER Y HACER

PROGRAMA DE ENTRENAMIENTO EN MINDFULNESS (M-PBI)

EXTRACTOS DE LOS LIBROS:

“Terapia Cognitiva de la Depresión basada en la consciencia plena. Un nuevo abordaje para la prevención de recaídas” (2006). Zindel Segal, Mark Williams y John Teasdale.

“Vencer la Depresión. Descubre el poder de las Técnicas del mindfulness” (2010). Mark Williams, John Teasdale, Zindel Segal y Jon Kabat-Zin.

DOS MODELOS DE LA MENTE

La mente no puede situarse, al mismo tiempo en dos modos que requieren un uso exclusivo de los mismos componentes mentales. La operación en ciertos modos mentales excluye automáticamente permanecer en ciertos estados mentales alternativos al mismo tiempo. Veámoslo a través de la siguiente metáfora:

En un coche, el cambio de la marcha puede provocarse de un modo automático (con la transmisión automática, debido a un dispositivo que detecta si el motor alcanza ciertos valores críticos) o bien intencionadamente (con una caja de cambios manual, porque el conductor toma la decisión consciente de cambiar la marcha). De la misma manera, los modos de funcionamiento de la mente pueden cambiar automáticamente (desencadenados como respuesta a tipos particulares de procesamiento de información) o voluntariamente (el individuo elige conscientemente ensayar una intención determinada o desplegar la atención de un modo en particular). Ambos tipos de marcha no pueden operar simultáneamente.

Podemos ver este proceso, como un proceso de cambio de las marchas mentales. Lo importante es aprender a reconocer dichos estados y desarrollar las habilidades para pasar de un modo al otro.

EL MODO MENTAL HACER

El modo hacer se dispara cuando la mente se percata de que las cosas son diferentes a como le gustaría que fueran. Se inicia cuando la mente registra discrepancias entre la idea de cómo son las cosas (o de cómo se espera que sean) y la idea de cómo desearía que fueran las cosas o cómo deberían ser. Tales discrepancias provocan dos efectos: primero, desencadenan automáticamente alguna forma el sentimiento negativo; segundo, ponen en movimiento ciertos patrones mentales habituales diseñados para reducir la distancia entre el estado presente (o anticipado) y el deseado.

Si la acción que puede llevarse a cabo, logra reducir la discrepancia, la mente puede avalar el modo hacer. Pero qué sucede cuando la acción a emprender no es obvia o no puede implementarse de un modo inmediato? Por ejemplo, si usted se encuentra alterado porque una relación de larga duración acaba de finalizar, pueden ocurrir muchas discrepancias potenciales entre la realidad actual y el modo en el que usted podría desear que fueran las cosas. El resultado es que la mente continúa el procesamiento de información en el modo hacer, rumiando continuamente sin cesar, pensando sobre la discrepancia y buscando posibles modos de reducirla. Esto continuará hasta que la discrepancia decrezca o hasta que alguna tarea más urgente lo conduzca a un cambio temporal del tópico que procesa la mente, sólo para retornar a la discrepancia no resuelta una vez que la tarea al relativa pierda su prioridad.

La característica más común es una sensación recurrente de insatisfacción, causada por el propio hecho de que la mente centra su procesamiento en la discrepancia entre el modo en el que usted le gustaría que fueran las cosas y la manera de la que realmente son. También implica una continua observación y evaluación del progreso referidos a la reducción de la brecha que existe entre estos dos estados. ¿Por qué? Porque en esos casos en los que la discrepancia se relaciona con tópicos sobre los cuales no puede llevarse a cabo ninguna medida inmediata, la única acción que puede emprender la mente es continuar manipulando sus ideas (su representación sobre cómo son las cosas y cómo desearía que fueran), con la esperanza de encontrar un modo de reducir la brecha entre ellas. Esto se llevará a cabo una y otra vez (proceso de rumiación, darle vueltas a las cosas una y otra vez, sin llegar a una solución).

Estos pensamientos y conceptos serán experimentados, mentalmente, como reales, más que simplemente como eventos internos de la mente. En estas circunstancias, la mente no sintoniza plenamente con toda la realidad de la experiencia presente. Se encontrará tan preocupada analizando el pasado, o el futuro que se le confiere una escasa prioridad al presente. En este caso, los individuos sólo serán conscientes del presente en un sentido muy estrecho: el único interés por este, estará centrado en observar el éxito o el fracaso de la satisfacción de las metas.

El problema es que, en el modo hacer, el procesamiento generalmente no es intencional, consciente y planeado; más bien, se inicia y es mantenido de un modo relativamente automático, como un hábito mental y oculto a la conciencia. En esta situación, la mente podría, perfectamente, manejarse circularmente, cambiando de una discrepancia no resuelta a otra, sin alcanzar nunca una resolución. Esto es probable que sea particularmente cierto con relación a las metas vitales, tal como ser más feliz o menos infeliz, que muchos de nosotros albergamos y que son procesadas, en último término, como la prioridad por defecto de la mente, cuando ésta no se encuentra implicada en otra cosa.

Un estado de ánimo negativo puede desencadenar el modo mental hacer. Por ejemplo; una persona se percata de que se encuentran mal; quiere sentirse mejor. Existe un desencuentro entre el estado de los hechos actual y el deseado. En este caso, el modo hacer se enciende automáticamente. Este modo no conforma la respuesta más habilidosa ante una emoción indeseada, como veremos más adelante y, puede servir más para reforzar y mantener la emoción indeseada que para reducirla.

El problema es que cuando intentamos pensar en una forma de salir de nuestros estados de ánimo tratando de comprender: ¿qué es lo que ha ido mal? ¿qué me pasa? ¿por qué siempre me siento abrumado?, etc., intentamos llegar de forma compulsiva una y otra vez al fondo de lo que anda mal en nosotros y además intentamos arreglarlo, confiando sobre todo en nuestra habilidad de pensamiento crítico.

Lamentablemente, esta habilidad podría ser precisamente la herramienta equivocada para realizar este trabajo. Cuando vemos que las cosas no van bien en nuestra vida emocional interna, no es de extrañar que la mente suela reaccionar rápidamente recurriendo a esta habilidad mental que nos resulta tan eficaz cuando necesitamos resolver problemas en el mundo externo. Este modo de funcionamiento de la mente especializado en analizar de forma detallada, resolver problemas, juzgar y comparar, tiene como objetivo eliminar la brecha que existe entre cómo son las cosas en realidad y cómo pensamos que deberían ser. Este es el modo de funcionamiento de la mente orientado a la acción.

Este modo mental orientado la acción, se moviliza porque suele funcionar muy bien para ayudarnos alcanzar nuestros objetivos en situaciones cotidianas y para solucionar los problemas técnicos. Nos permite alcanzar un objetivo creando una idea de dónde estamos ahora (en casa) y de donde queremos estar (en la montaña). A continuación se concentra automáticamente en la disparidad de estas dos ideas con lo cual genera acciones cuyo objetivo es disminuir la brecha que existe entre ambas (“sube al coche y conduce”). Además, supervisa continuamente si la brecha se incrementa o disminuye para comprobar si estas acciones están teniendo el efecto deseado de reducir la distancia que queda por recorrer entre ambas ideas. En caso de que sea necesario, ajusta las acciones para asegurarse de que la brecha disminuye en lugar de aumentar. A continuación, repite el proceso una y otra vez. Finalmente, la brecha se cierra; hemos llegado nuestro destino, el objetivo se ha alcanzado y el modo orientado a la acción está listo para encargarse de la siguiente tarea.

Si deseamos que algo ocurra, nos concentramos en reducir la brecha entre nuestra idea de dónde estamos y aquella de donde deseamos estar. Si por el contrario, no queremos que algo ocurra, nos concentramos en incrementar la brecha entre nuestra idea de dónde estamos y nuestra idea de lo que queremos evitar. Nos parece muy natural recurrir a las mismas estrategias mentales cuando deseamos transformar nuestro mundo interno: cambiarnos a nosotros mismos para poder conseguir la felicidad, por ejemplo, o para librarnos de la infelicidad.

Lamentablemente, en este momento las cosas empiezan a ir muy mal, porque en el caso de nuestros estados de ánimo, el hecho en sí de centrarnos en la brecha, de establecer comparaciones entre cómo nos sentimos y cómo desearíamos sentirnos (o como creemos que deberíamos sentirnos), hace que nos sintamos infelices y nos aleja todavía más de cómo queremos estar. Centrarse en la brecha de este modo es, de hecho, un reflejo de la estrategia habitual de la mente de intentar resolver situaciones en que las cosas no son como deseamos que sean.

Si la mente está funcionando con el modo orientado a la acción, intentando solucionar problemas como ¿qué es lo que me pasa? y ¿por qué soy tan débil?, podemos acabar atrapados en el mismo pensamiento al que habíamos recurrido para que nos rescatara. Naturalmente, la mente hará emerger (y a continuación mantendrá en la conciencia) las ideas relevantes en las que está trabajando. Por ejemplo, nos proporcionará una idea del tipo de persona que somos ahora mismo (triste y sola), del tipo de persona que desearíamos ser (tranquila y feliz) y el tipo de persona en que tememos que podríamos convertirnos si la tristeza persiste y nos hundimos en la depresión (patética y débil). Entonces, el modo orientado a la acción se centra en la brecha que existe entre estas ideas y en todo aquello de nosotros que no coincide con el tipo de persona que quisiéramos ser.

Centrarnos en la disparidad que existe entre nuestra idea de la persona que deseamos ser y nuestra idea de cómo somos, hace que nos sintamos peor que al principio, cuando el modo orientado a la acción empezó a intentar ayudarnos. Este modo de funcionamiento de la mente utiliza la capacidad mental de viajar por el tiempo para ayudarnos. Así, evoca tiempos pasados en que quizá nos hemos sentido de este modo, en un esfuerzo por comprender qué es lo que fue mal. También imagina un futuro malogrado por la infelicidad, para recordarnos que eso es lo que debemos evitar a toda costa. Los recuerdos de fracasos anteriores y las imágenes de oscuras perspectivas futuras que traemos con la mente, solamente añaden un giro más a la espiral que conduce al empeoramiento del estado de ánimo.

El problema es que esos patrones e imágenes nos parecen reales ahora. Los patrones que hacen que nos sintamos solos y que pensemos que no valemos nada, por poner un ejemplo, nos resultan familiares, en lugar de darnos cuenta de que esa sensación de familiaridad (o cualquiera otra, según sea el caso), es un signo de que la mente está siguiendo una vieja pauta mental, suponemos que tal sensación de familiaridad significa que todo eso debe ser cierto. No nos permite soltar amarras porque el modo orientado a la acción insiste en que nuestra máxima prioridad es aclararnos para identificar y solucionar el problema. Así que nos achacamos con más preguntas; ¿por qué siempre reacciono así? ¿por qué no puedo desenvolverme mejor? ¿por qué tengo problemas que los demás no tienen? ¿qué he hecho yo para merecer esto? Los psicólogos llaman rumiación a este estado de ánimo caracterizado por la autocrítica y centrado en uno mismo, aunque la gente suele referirse a esto con expresiones como comerse la olla.

Cuando rumiamos, nos preocupamos en vano sobre el hecho de que somos infelices y por las causas, significados y consecuencias de nuestra infelicidad. Lo mismo ocurre en relación a cualquier otro estado emotivo. Estudios científicos han demostrado repetidas veces que si hemos reaccionado a nuestro estado de ánimo triste de esta forma en el pasado, es probable que nos encontremos con que la misma estrategia que se ofrece para ayudar una y otra vez en cuanto nuestro estado de ánimo empieza a decaer y tendrá el mismo efecto: nos quedaremos atrapados en ese estado de ánimo del que queremos escapar.

No podemos cambiar los recuerdos del pasado y las formas de pensar autocríticas caracterizadas por juicios de valor negativo que se activan cuando nos sentimos infelices. Todo esto sucede de manera automática. Pero sí podemos aprender a relacionarnos de forma distinta con nuestros sentimientos de infelicidad. Necesitamos tomar conciencia del patrón o modo de pensamiento que se activa en esas situaciones y que puede causarnos sufrimiento.

Al rumiar nuestra capacidad para resolver problemas en realidad se deteriora notablemente. Todos los estudios parecen apuntar a que la rumiación forma parte del problema, no de la solución.  Cuando rumiamos, nuestra mente está absorta en pensamientos y abstracciones que se encuentran lejos del experiencia sensorial directa, y por lo tanto, lejos del presente. La rumiación proyecta nuestros pensamientos hacia el pasado recordado y, hacia el futuro imaginado.

En el corazón de este rumiar cognitivo se encuentra lo que pudiéramos denominar un observador de discrepancias: un proceso que continuamente observa y evalúa el estado del yo y la situación actual frente a un modelo, o norma, que es deseado, requerido, esperado o temido. Una vez que este observador de discrepancias se enciende, identifica los desencuentros entre los estados actuales y los deseados. Ese es su trabajo. Tales desencuentros pueden motivar intentos posteriores por reducir tales discrepancias, pero también alimentan la generación de más estados de ánimo negativos. Los intentos por resolver problemas pensando indefinidamente sobre ellos, pueden servir, simplemente, para bloquear a los sujetos en un estado del cual tratan de escapar.

CAMBIANDO EL MODO MENTAL HACER HACIA EL MODO MENTAL SER

Como hemos visto, el modo orientado a la acción consiste básicamente en alcanzar objetivos preestablecidos, y lo hace centrándose en la brecha que existe entre nuestras ideas de dónde estamos ahora y aquellas sobre dónde deseamos estar. El modo orientado a ser en cambio no se preocupa por la brecha que existe entre cómo las cosas son y cómo queremos que sean.

En el modo orientado a ser no hay ninguna necesidad de supervisar y evaluar constantemente si el estado del mundo se está aproximando a nuestra idea sobre él que nos hemos fijado como objetivo. Esto se refleja en nuestra forma de prestar atención, libre de juicios y llena de aceptación. En el modo orientado a ser, descubrimos que podemos dejar de evaluar por un instante nuestra experiencia en términos de cómo debería ser, de si es correcta o incorrecta, de si es lo suficientemente buena o no, de si estamos teniendo éxito o estamos fracasando e, incluso, de si nos estamos sintiendo bien o mal.

Desde este operar mental, todo momento presente puede ser aceptado tal cual es, con toda su profundidad, amplitud y riqueza, sin que haya un propósito oculto que conseguir constantemente, o sin experimentar la sensación de lo corto que se queda el mundo con respecto a nuestras ideas de cómo necesitamos que sea.

Al dejar de estar tan preocupados por lo que anda mal en nuestra experiencia, podemos abrirnos a la posibilidad de sentir una mayor armonía y unidad con nosotros mismos y con el mundo. Nos han enseñado que fijarnos objetivos y trabajar para conseguirlos es la forma de llegar a dónde queremos ir: a la felicidad. Por consiguiente, puede resultar difícil de creer que el hecho de no aferrarnos a los objetivos, incluso a aquellos que merecen la pena, puede ser la vía para salir de la infelicidad.

Los circuitos de aproximación están conectados a unas sondas específicas del cerebro. La atención plena encarna la aproximación: es sinónimo de interés, apertura, curiosidad (que procede de la palabra latina curare, que significa cuidar, ocuparse de), conciliación y compasión. La actitud de aproximación cálida propia de la atención plena proporciona un antídoto contra la evitación instintiva que puede intensificar la rumiación.

Cuando perdemos el contacto con lo que está ocurriendo a nuestro alrededor, los viejos hábitos mentales tienden a dominar y a controlar nuestra forma de ver las cosas y lo que hacemos a cada momento. Esto puede situar nuestra experiencia por debajo del nivel de nuestra conciencia. Con frecuencia podemos sentirnos víctimas sin darnos cuenta de que en realidad estamos colaborando para mantener esa situación. Con mucha facilidad y sin darnos cuenta caemos en el hábito de soñar despiertos y de resolver problemas mentalmente. El hecho de soñar despiertos es primo hermano de la rumiación. Lo importante es detectar cuando estamos funcionando con el piloto automático y, a continuación, intencionadamente en la medida que podamos, intentar salir del piloto automático para adoptar una conciencia más sabia, espaciosa y llena de compasión hacia nosotros mismos.

No tenemos que dejar de hacer lo que estamos haciendo. Simplemente llevarlo a cabo con mayor conciencia, de una forma más sabia y libre de juicios de valor, tomando conciencia de los instantes que se despliegan momento a momento. Es posible que para solucionar nuestros problemas anímicos no necesitemos hacer intentos heroicos por cambiar nuestro mundo interno, poblado de sentimientos, o el mundo externo, poblado de personas, lugares y trabajos. Es posible que sólo necesitemos experimentar un cambio en nuestra forma de prestar atención a todas esas cosas.

Podríamos decir que el estrés, la fatiga y las emociones que nos afligen crecen cuando no circula el aire fresco de la conciencia. No es que con la conciencia dejen de existir, sino que ésta hace que haya más espacio a su alrededor, proporcionando un entorno en el que los estados anímicos opresivos dejan de crecer. La atención plena los detecta con mucha más antelación, los ve con mayor claridad y advierte cómo surgen y cómo pueden desaparecer. Nos permite verlos claramente sin tener que dejarnos atrapar por ellos. Por lo general, no habitamos, ni siquiera visitamos, esta dimensión de nuestra mente, la dimensión de la conciencia misma, a pesar del hecho de que es una parte íntima de todos nosotros. Aunque se trata de una capacidad muy potente que todos poseemos, en general la pasamos por alto.

Existe una estrategia alternativa para manejar los estados de ánimo, los recuerdos y los patrones de pensamiento negativos en el momento presente, a medida que van surgiendo. La evolución nos ha legado una alternativa al pensamiento crítico, y los humanos apenas estamos empezando a descubrir el poder que tiene para transformarnos. Se trata de la conciencia. Se trata del modo de funcionamiento de la mente orientado a ser, en el que somos capaces de captar de forma directa las cosas y podemos ser conscientes de nosotros mismos mientras las experimentamos.

El modo orientado a ser es el antídoto contra los problemas que crea el modo orientado a la acción. Por el cultivo de la conciencia del modo orientado a ser podemos: salir de nuestra mente y aprender a experimentar el mundo de forma directa, a través de la experiencia, sin el incesante comentario de nuestros pensamientos.

Podemos ver nuestros pensamientos como acontecimientos mentales que vienen y van en la mente, como nubes que surcan el cielo, en lugar de tomarlos de forma literal. Empezar a vivir en el momento presente, en el aquí y ahora. Cuando dejamos de vivir en el pasado o de preocuparnos por el futuro, nos abrimos a fuentes de información de gran riqueza que nos hemos estado perdiendo, información que puede llevarnos a experimentar una vida más plena.

Desconectar el piloto automático de nuestra cabeza, eludir la cascada de acontecimientos mentales a que nos arrastra, el hecho de ser más conscientes de nosotros mismos, a través de los sentidos, las emociones y la mente, puede ayudarnos a encaminar nuestras acciones en la dirección que realmente queremos y a incrementar nuestra claridad a la hora de resolver problemas.

Al dejar de intentar forzar la vida para que sea de una manera determinada por el mero hecho de que nos sentimos incómodos en el presente, seremos capaces de ver que desear que las cosas sean distintas de lo que son en el presente, es lo que hace que empiece la rumiación. Podemos emplear tal tipo de experiencias como un campo de entrenamiento en el cual aprender habilidades para reconocer este modo y desengancharnos de él.

ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE EL MODO ORIENTADO A SER

El enfoque del modo ser consiste en aceptar y permitir lo que es, sin ninguna presión inmediata para cambiarlo.

Al permitir, en ausencia de una meta o norma a alcanzar, no se requiere evaluar la experiencia con el fin de reducir las discrepancias entre los estados reales y los deseados. En vez de enfocar el presente de un modo restringido, procesado rápidamente en términos de su pertinencia con respecto al logro de la meta, cualquier experiencia en el modo ser puede procesarse con profundidad, amplitud y riqueza plenas.

Ambos modos operativos difieren en su enfoque del tiempo. En el modo hacer, a menudo es necesario computar las consecuencias futuras de la acción vinculada con la meta, anticipar las consecuencias del logro del objetivo o se enumeran los recuerdos de situaciones pasadas problemáticas o vinculadas con la meta, como medio de facilitar el actual logro del fin. Como resultado, en el modo hacer, la mente viaja frecuentemente hacia el futuro o hacia el pasado, y la experiencia es la de, no encontrarse aquí, en el presente, gran parte del tiempo.

En el modo ser, la mente no tiene nada que hacer, ningún lugar donde ir y así el procesamiento puede dedicarse exclusivamente a la experiencia momento a momento, permitiendo al individuo encontrarse claramente presente y consciente de todo. Mientras que el modo hacer implica pensar sobre el presente, el futuro y el pasado, relacionándose con cada uno de ellos principalmente a través de conceptos, el modo ser se caracteriza por una experiencia directa, inmediata e íntima del presente.

El modo ser implica un cambio con relación a los pensamientos y sentimientos. El pensamiento conceptual constituye el vehículo fundamental a través del cual la mente busca conseguir las metas a las cuales se dedica el modo hacer. Por consiguiente, al pensamiento se le concede el estatus de un reflejo válido de la realidad e íntimamente vinculado con la acción. Dentro del modo hacer, los sentimientos son evaluados principalmente como cosas buenas o cosas malas y la mente establece metas para asegurarse que aquellos respectivamente continúen o cesen. Convertir, de este modo los sentimientos en objetos vinculados con la meta los cristaliza, efectivamente, en cosas con una realidad independiente y permanente.

Por contraste, en el modo ser la relación con los pensamientos y las emociones es en gran medida similar a la existente con los sonidos u otros aspectos de la experiencia momento a momento; son simplemente eventos pasajeros internos de la mente que surgen, se convierten en objetos de la conciencia y después se van.

En el modo ser, el cambio con relación a los pensamientos y los sentimientos implica una mayor desconexión del pensamiento y la emoción con respecto a la acción vinculada a la meta. En el modo hacer por su parte, los sentimientos encadenan, de forma inmediata, secuencias automáticas de acción en la mente o el cuerpo para aferrarse a los sentimientos placenteros y deshacerse de los displacenteros. Estar en el modo ser, necesariamente implica una mayor habilidad para tolerar los estados emocionales incómodos sin desencadenar, inmediatamente, patrones habituales de acción mental o física en un intento por escapar o aliviar esos estados. Los pensamientos del tipo “has esto”, o “haz aquello”, no se vinculan de forma necesaria ni automática con acciones relacionadas, pero sí, simplemente con eventos mentales.

Finalmente, podemos agregar que el modo ser se caracteriza por una sensación de libertad, frescura y una revelación novedosa de la experiencia. Es sensible a la riqueza y complejidad de los patrones únicos que presenta cada momento, a diferencia del modo hacer, en el que la naturaleza multidimensional de la experiencia se reduce, fundamentalmente a un análisis unidimensional de su importancia con relación al estado de la meta. Las discrepancias entre los estados actuales y la meta desencadenan, hábitos automáticos mentales bastante raídos y que han sido empleados en muchas otras ocasiones de procesamiento vinculado con la discrepancia. Estos hábitos pueden sabotear y conducir a la perpetuación, más que al cese, de los estados mentales no deseados.

Hacer o ser conforman modos mentales, que pueden acompañar a cualquier actividad o ausencia de ésta. Por ejemplo podríamos meditar en el modo mental hacer, si la meditación es guiada por el deseo de relajarse, por eso también el modo hacer es llamado modo guiado.

Veamos un ejemplo comparativo entre los modo mental hacer y ser. Si tiene que lavar los platos, y los lava con la meta de acabar lo antes posible para pasar a la siguiente actividad, y usted es interrumpido, puede que sienta frustración, ya que su meta ha sido desbaratada. Si en cambio, usted acepta que los platos han de lavarse y aborda la actividad en un modo ser, entonces la actividad existe por su propio interés y en su propio tiempo. Una interrupción es tratada, simplemente como algo que presenta una elección sobre qué acción llevar a cabo en ese momento, más que como una fuente de frustración.

La habilidad esencial del cambio que aquí se propone, consiste en reconocer y desengancharse de los estados mentales caracterizados por patrones auto perpetuantes de pensamientos negativos y de naturaleza rumiante. Los participantes deben aprender a separarse del modo mental hacer y entrar en el modo ser, lo que les permitirá procesar la información relacionada con el problema de un modo que sea menos probable que se active. Esto implica desplazarse desde un enfoque en el contenido a un enfoque en el proceso. Lo importante es atender a la manera en que se procesa toda la experiencia. Emplear intencionadamente la atención y la conciencia de manera particular, al elegir que vamos a atender, y cómo vamos a enfocarlo, colocamos nuestra mano en la palanca que nos facilita el cambio de marchas mentales.

Necesitamos equilibrar ambos modos de operación mental en nuestra vida. Podemos aprender a desconectar el piloto automático trayendo nuestra conciencia al momento actual. Cuando hacemos esto, empezamos a ver que hemos efectuado una elección y esto, con frecuencia, constituye el primer paso para cuidarnos. Modificar intencionadamente el enfoque y el estilo de la atención conforma la palanca de cambios mental mediante la cual puede cambiarse el procesamiento de un modo cognitivo a otro.

Es importante que los participantes del programa aprendan a reconocer el modo hacer en sus muchas manifestaciones y puedan cultivar el modo ser. Reconocer en qué momento, durante la vida cotidiana, las emociones y reacciones negativas disparan el modo hacer y aprender a desvincularse de éste, iniciando el modo ser y desarrollando la manera, de simplemente permanecer con la dificultad y las emociones incómodas.

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